“Premios en la crianza: ¿realmente ayudan al aprendizaje de los niños?”
- Daniela Cal y Mayor Meyer
- 28 nov 2025
- 2 Min. de lectura
Después de hablar de los castigos, es común pensar que los premios son una mejor alternativa. A primera vista, parece lógico: si los castigos generan miedo, los premios podrían generar motivación. Sin embargo, cuando analizamos más a fondo cómo funciona el cerebro infantil, descubrimos que los premios tampoco promueven un aprendizaje profundo ni duradero.
Cuando un niño recibe un premio por portarse bien o por cumplir con una tarea, su cerebro aprende que “solo vale la pena hacerlo si hay una recompensa”. Es decir, la motivación viene de algo externo y no de su propio deseo o satisfacción. Esto se conoce como motivación extrínseca.
A corto plazo, los premios sí pueden funcionar: el niño coopera, obedece o realiza lo que se le pide. Pero a largo plazo, pierden su efectividad, porque el niño se acostumbra a esperar algo a cambio y deja de disfrutar el proceso de aprender o ayudar.

Con el tiempo, los premios en la crianza pueden incluso volverse un obstáculo. El niño puede frustrarse fácilmente si no obtiene lo que quiere, mostrar impaciencia o creer que el cariño de sus padres depende de su buen comportamiento: “si me porto bien, me quieren; si no, no”. Este mensaje puede afectar su autoestima y su sentido de valor personal.
El verdadero aprendizaje ocurre cuando el niño encuentra satisfacción interna al esforzarse, resolver un reto o ayudar a otros, sin esperar algo a cambio. La motivación intrínseca se cultiva con palabras de reconocimiento, presencia emocional y límites claros, no con recompensas materiales.
En resumen:
Los premios funcionan a corto plazo, pero no enseñan valores duraderos.
Pueden disminuir la motivación interna del niño.
Es mejor fomentar la satisfacción por el esfuerzo y el proceso.



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