“Premios en la crianza: efectos a largo plazo en el comportamiento infantil”
- Daniela Cal y Mayor Meyer
- 5 dic 2025
- 2 Min. de lectura
Dar premios a los niños parece una forma amable y positiva de motivarlos. Sin embargo, cuando analizamos lo que ocurre a nivel emocional y cerebral, descubrimos que los premios también tienen efectos limitados y pueden afectar el desarrollo de la motivación interna.
Cuando un niño recibe premios constantemente —ya sea dulces, juguetes o elogios excesivos— su cerebro aprende que solo vale la pena comportarse bien si hay algo a cambio. Esto puede parecer inofensivo, pero a la larga puede impedir que desarrolle disciplina y satisfacción personal por lo que hace.
El problema principal es que el niño empieza a enfocarse más en el resultado externo (el premio) que en el proceso o en el valor del esfuerzo. Con el tiempo, esto reduce su capacidad de perseverar y disfrutar actividades cotidianas, como estudiar o ayudar en casa. Si no hay recompensa, deja de interesarse.

Además, los premios pierden su efecto con el tiempo. El niño se aburre del mismo incentivo y los padres sienten la presión de ofrecer algo “más atractivo” para mantener su cooperación. Así, se genera una dependencia que dificulta la autorregulación y la motivación intrínseca.
A largo plazo, los premios pueden crear frustración e intolerancia ante la espera o la pérdida. El niño puede interpretar que solo merece cariño o reconocimiento cuando hace algo “bien”, y esto puede afectar su autoestima y su seguridad emocional.
En lugar de premiar, los padres pueden fortalecer el aprendizaje con palabras de reconocimiento genuinas, límites claros y consecuencias lógicas que enseñen responsabilidad sin depender de recompensas externas.
En conclusión:
Los premios en la crianza funcionan solo a corto plazo.
Pueden generar dependencia y frustración.
El objetivo es fomentar la motivación interna y el amor por el proceso.



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