“¿Los castigos son efectivos?”
- Daniela Cal y Mayor Meyer
- 14 nov
- 2 Min. de lectura
¿Alguna vez te castigaron de niño por romper algo o por desobedecer una regla? Tal vez te quitaron tu juguete favorito o recibiste una nalgada “para que aprendieras”. Sin embargo, ¿realmente se aprende con un castigo?
La verdad es que los castigos solo funcionan a corto plazo, y no porque el niño haya comprendido su error, sino porque siente miedo o dolor. Cuando un niño es castigado, no reflexiona sobre lo que hizo, simplemente busca evitar la reacción de sus padres la próxima vez. Es decir, obedece por miedo, no por comprensión.
Desde la neurociencia sabemos que cuando los padres regañan, gritan o pegan, se activa el cerebro inferior, la parte encargada de reaccionar ante amenazas. En ese estado, el niño no puede pensar con claridad, ni aprender de lo ocurrido. Por el contrario, el cerebro superior —donde se generan las conexiones del aprendizaje— se desconecta.
Por eso, aunque el castigo “controle el comportamiento” en el momento, no genera un aprendizaje duradero ni valores internos como la responsabilidad o el autocontrol. El niño aprende a temer, no a razonar.

En cambio, el verdadero aprendizaje ocurre cuando el cerebro está en calma. Solo así el niño puede reflexionar, conectar causa y efecto, y asumir responsabilidades desde la comprensión y no desde el temor.
En resumen:
El castigo puede detener un mal comportamiento por miedo, no por entendimiento.
A largo plazo, no enseña valores ni habilidades.
El aprendizaje requiere calma, empatía y conexión, no miedo ni dolor.



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